Rutinas para no perder el ritmo de vida viajando tanto tiempo

Por PASAJERAS VIAJERAS4 min de lecturaActualizado el 28 de agosto de 2026
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Una mujer escribe en un cuaderno junto a una ventana con vistas a una ciudad desconocida, con una taza de café al lado

A los tres meses de viaje es cuando suele pasar. Ya no te acuerdas de qué día de la semana es, te acuestas a las tantas porque «totalmente, mañana no hay prisa», y un día te miras al espejo de un albergue en Chiang Mai y no reconoces del todo a la persona que hay delante. No es que el viaje vaya mal: es que te has quedado sin estructura, y el cuerpo y la cabeza la piden aunque estés en el sitio más bonito del mundo.

La buena noticia es que no hace falta renunciar a la espontaneidad para tener rutinas. De hecho, cuanto más largo es el viaje, más rutinas necesitas, no menos. La clave está en elegir dos o tres anclas que repitas siempre, en cualquier ciudad, con cualquier alojamiento, y dejar que todo lo demás fluya alrededor de ellas.

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Las anclas que sí o sí mantengo

Mi primera ancla es la hora de despertarme. Da igual si me he acostado a las diez o a las dos, intento levantarme siempre dentro de la misma franja de una hora. Es lo que más me ha costado entender: el problema no es acostarte tarde de vez en cuando, es no tener ninguna hora fija de nada. Cuando el despertar es estable, el resto del día se ordena solo, aunque el itinerario cambie cada día.

La segunda es moverme el cuerpo antes de mirar el móvil. No hablo de gimnasio ni de una rutina de una hora, hablo de veinte minutos: estiramientos en la habitación, una caminata rápida antes de que la ciudad se despierte, un vídeo de yoga que ya te sabes de memoria. Lo importante no es el ejercicio en sí, es que sea lo primero que haces, antes de que el día te absorba con logística, mensajes y decisiones.

La tercera ancla es un momento del día, el que sea, dedicado a escribir. Puede ser un diario de viaje, una nota de voz que te mandas a ti misma, o simplemente apuntar tres cosas que te han pasado. Cuando los días se parecen mucho entre sí, escribir es lo que evita que se te mezclen en la memoria y lo que te permite darte cuenta de cuándo estás cansada de verdad, no solo de vacaciones de la rutina.

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Cómo organizar el resto de la semana

Además de las anclas diarias, funciona muy bien tener un ritmo semanal aunque estés en modo nómada total. Yo reservo siempre un día a la semana, normalmente el domingo, para las tareas de mantenimiento: lavar ropa, revisar cuentas, planear el siguiente tramo de la ruta, contestar los mensajes que llevas días posponiendo. Tenerlo en un día fijo evita que esas tareas se cuelen todos los días un poco, que es lo que de verdad agota.

También ayuda mucho tener un «día cero» cada dos o tres semanas: un día sin planes turísticos, sin mudarte de ciudad, sin nada que hacer. No es un día perdido, es mantenimiento del ánimo. Muchas viajeras solo lo hacen cuando ya están agotadas, como una urgencia, y a esas alturas cuesta mucho más recuperarse que si lo haces de forma preventiva, programado de antemano.

Si trabajas mientras viajas, sea en remoto o llevando tu propio negocio, necesitas además un horario de trabajo que se repita, aunque cambie el país. Yo trabajo siempre de nueve a una, sin excepciones salvo fuerza mayor, y eso significa que puedo estar en Lisboa o en Ciudad de México y seguir sabiendo cuándo soy «yo trabajando» y cuándo soy «yo de viaje». Sin esa frontera, acabas trabajando todo el rato un poco y viajando todo el rato un poco, y ninguna de las dos cosas sale bien.

Señales de que has perdido el ritmo (y cómo recuperarlo)

Hay señales claras de que se te ha ido la rutina de las manos: duermes fatal aunque estés cansada, comes de forma completamente errática, y sobre todo, sientes que los días se te escapan sin que puedas decir qué has hecho. Cuando me pasa, no intento arreglarlo todo de golpe. Recupero primero la hora de levantarme, porque de ahí sale todo lo demás, y dejo el resto para cuando esa pieza esté otra vez en su sitio.

Otra señal que no hay que ignorar es dejar de cocinar o de comer algo mínimamente decente porque «total, solo estoy de paso». Si vas a estar más de una semana en un sitio, vale la pena hacerte con lo básico para cocinar dos o tres veces, aunque sea un huevo frito y una ensalada. El cuerpo nota la diferencia entre comer bien de forma sostenida y sobrevivir a base de menús turísticos, y esa diferencia se traduce directamente en energía y en estado de ánimo.

Por último, no subestimes el efecto de tener contacto humano regular, no solo turístico. Una videollamada semanal con alguien de casa, apuntarte a una clase de idioma o de baile en el sitio donde estés una temporada, o simplemente volver al mismo café tres días seguidos hasta que te reconozcan: todo eso da una sensación de continuidad que ningún itinerario perfecto puede darte. Viajar mucho tiempo no es solo moverse, es también construir, aunque sea a pequeña escala, algo parecido a una vida.

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PASAJERAS VIAJERAS

Redacción de Pasajeras — contenido revisado y actualizado periódicamente.

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