Cómo volver al hotel de noche sin sobresaltos

Por PASAJERAS VIAJERAS4 min de lecturaActualizado el 28 de agosto de 2026
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Una calle urbana bien iluminada de noche con farolas encendidas y algunas personas caminando

El momento del día que más ansiedad genera cuando viajas sola no suele ser la excursión ni la cena, es el trayecto de vuelta al alojamiento de noche. Y con razón: es cuando estás más cansada, cuando hay menos gente en la calle y cuando cualquier decisión mal tomada pesa más. La buena noticia es que este es, precisamente, el momento más fácil de planificar con antelación, porque no depende de la improvisación, depende de la logística.

Planifica la vuelta antes de salir, no cuando ya estás cansada

Antes de salir de noche, decido cómo voy a volver, no lo decido a las dos de la madrugada con menos energía y quizás alguna copa de más encima. Si voy a usar transporte público, compruebo el horario del último servicio antes de salir de casa, no cuando ya estoy en la calle esperando un autobús que dejó de pasar hace media hora. Si voy a pedir un coche por app, me aseguro de tener suficiente batería y datos para hacerlo sin depender del wifi de un bar que va a cerrar.

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Tengo guardada siempre la dirección exacta del alojamiento escrita en el móvil, en el idioma local, no solo en español, porque a las tres de la madrugada explicarle a un taxista dónde vives en tu idioma no siempre funciona igual de bien que enseñarle la dirección escrita en el suyo. Y llevo también una copia en papel dentro del bolso, por si el móvil se queda sin batería justo cuando más lo necesito.

Cuando el trayecto de vuelta es largo o la zona no me convence del todo, prefiero pagar de más por un trayecto directo en coche que ahorrar caminando o haciendo trasbordos. El dinero que te ahorras yendo a pie de madrugada rara vez compensa la sensación de vulnerabilidad de caminar sola por calles vacías, y ese cálculo lo hago siempre antes, con la cabeza fría, para no tener que improvisarlo cansada.

Elegir bien el transporte nocturno

Si pido un coche por aplicación, comparto el trayecto en tiempo real con alguien de confianza —muchas apps tienen esta función integrada, y si no, un simple mensaje con la captura de pantalla del trayecto sirve igual— y verifico siempre la matrícula y el nombre del conductor antes de subir, en voz alta si hace falta: «¿vienes a por Laura?». Es un segundo de posible incomodidad que evita subirte al coche equivocado.

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Evito parar taxis sueltos en la calle en ciudades donde esa práctica no es habitual o segura, y en su lugar uso las paradas oficiales o pido el coche por teléfono o app desde el propio local donde estoy, aprovechando que tienen wifi y pueden confirmar que el coche que llega es el correcto. En muchos países, el personal de un bar o restaurante está acostumbrado a pedir taxis de confianza para sus clientas y lo hace encantado si se lo pides.

Cuando viajo a una ciudad con metro o tren nocturno, elijo siempre el vagón donde hay más gente, nunca el vacío del final, y me coloco cerca del conductor o de la zona con personal de seguridad si el sistema lo tiene. Suena a exceso de precaución para un trayecto de quince minutos, pero es exactamente ese tipo de hábito pequeño el que hace que ni siquiera tengas que pensarlo después de la tercera vez que lo haces.

El propio trayecto a pie: hábitos que sí funcionan

Cuando el último tramo hay que hacerlo caminando, camino por el lado de la calle más iluminado y más transitado, aunque sea el más largo, y evito atajos por callejones o parques que de día parecían un camino bonito y de noche son solo oscuridad. El móvil lo llevo guardado, no en la mano mirándolo mientras camino: caminar distraída es la señal más clara de vulnerabilidad que puedes dar sin darte cuenta.

Camino con paso decidido y la cabeza alta, no porque eso te vuelva invencible, sino porque proyecta a quien te observa que sabes exactamente a dónde vas, y eso, estadísticamente, te hace un objetivo menos atractivo que alguien que camina dudando o mirando el móvil buscando el mapa cada dos pasos. Si tengo que consultar la ruta, prefiero pararme un momento en un sitio iluminado y con gente antes que hacerlo caminando y distraída.

Y si en algún punto del trayecto siento que alguien me sigue o simplemente la calle me da mala espina, cambio de plan sin dudarlo: entro en el primer comercio abierto, un bar, incluso un portal con gente, y desde ahí pido un coche o llamo a alguien. No hace falta que pase nada grave para justificar ese cambio de planes; la sola sensación de incomodidad ya es motivo suficiente.

Volver de noche sin sobresaltos no es cuestión de suerte, es cuestión de haber decidido de antemano cómo vas a hacerlo, con qué medio, por qué ruta y con qué margen de reacción si algo no sale como esperabas. Cuando esa decisión ya está tomada antes de salir, el trayecto de vuelta deja de ser el momento más tenso del día y se convierte, simplemente, en el final tranquilo de una buena noche.

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Redacción de Pasajeras — contenido revisado y actualizado periódicamente.

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